martes, 6 de febrero de 2007

5 de febrero de 2007


Llueve sobre todas las cosas, pero solamente nosotros, los humanos, nos preocupamos de forma extrema por una cosa tan natural. Y todo porque venimos desnudos al mundo, sin otra protección que cuatro pelos cortos y dispersos que ni siquiera logran darle a las células epiteliales algo de sombra en gran parte del cuerpo.
Físicamente somos más débiles que una simple hoja de una lechuga debido a que nuestro cerebro a evolucionado; bueno, esto me parece mucho decir si por evolucionar entendemos algo más que un simple proceso de cambios, si entendemos la evolución como un proceso en el que se han dado modificaciones positivas desde un punto de vista social, económico, etc.
Todo el mundo alardea -incluidas las instituciones que velan por nuestra salud física y mental- de que el hidrógeno, la democracia, Internet y las modernas telecomunicaciones son la panacea del nuevo siglo, el remedio definitivo para un sinfín de nuevas y antiguas enfermedades que venimos padeciendo desde hace ya no sé cuánto tiempo.
Hubo incluso alguien que se le ocurrió diseñar un teléfono móvil con cargador manual incorporado “muy útil” en los países pobres; vamos, el colmo de la tecnología aplicada a la miseria. Algo parecido a la rastrera política tabaquera. “Primero que se enganchen bien que después ya se encargaran de trabajar como negros que son”.
Todos somos esclavos de las nuevas tecnologías. Pero eso sí, esclavos de categoría, no rameras ni vulgares remeros. Y si creen que no es así, comparen el salario mínimo, que mucha gente aún no percibe, con las “supereconómicas” tarifas planas.
El caso es que son ellos mismos los que usan los términos que mejor definen nuestro atraso mental: estar “conectado”; tarifa “plana” o recibo “plano”; como el encefalograma de nuestro cerebro; entrar en la “red”, de la cual ya nunca podremos volver a salir, etc.
No os lo toméis muy en serio, pues hoy no he tenido un buen día.

No hay comentarios: