sábado, 10 de febrero de 2007

9 de febrero de 2007


Faltan 22 días. Y después, ¿qué?
Ya veremos, aunque reconozco que estoy echando mucho de menos el kayak y el agua, y las culturas que viven y dependen de ella, asomadas a los balcones de la costa, estiradas a lo largo de los ríos, abrazadas a todo el perímetro de los lagos.
Para mí ya no tienen ningún sentido las historias creíbles, ni las banderas, ni las grandes ideas.

Siempre he deseado comerme un gran bollo hecho de harina de bellotas, las que nunca han catado los cerditos de la fábrica de los Danuttts. Esa fábrica amarilla con puertas estrechas dónde únicamente entran varias veces al día huevos condensados y unas pocas fichas amarillas. Sí, fichas amarillas con siete números y cuatro fotos de presidentes norteamericanos.
Allá vamos todos con nuestras fundas herméticas de plástico. A lo más profundo de la cochina existencia. Nos tendremos que poner también las gafas, bien ceñidas para que la mierda no se nos meta en los ojos.
No sé exactamente cuántos días pasé en aquel bosque formado por miles y miles de esbeltas piernas de mujeres plantadas a la altura del tobillo.
Pero sigamos con la fábrica y los cerditos.
Una noche logré colarme por una puerta estrecha que estaba entreabierta. Había muy poca luz en el largo pasillo que desembocaba directamente en una olla gigantesca. La masa era de lo más horripilante. Cabezas de rinoceronte, cuellos de jirafa en rodajas, miel de la Granja de San Calixto, truchas voladoras, uñas de dedos humanos, ciempiés, tomates, acelgas, verduras de todas las clases, ramilletes de rosas, canela, plumas de sauce, amapolas, palomas, hormigas, ratones, miles de avellanas peladas y arañas. Todo ello hirviendo y humeando; y las cabezas aún vivas de los rinocerontes y de las arañas, mordiéndose y tosiendo al entrarles por la garganta todo aquel revuelto.
Salí de allí horrorizado y vomitando. Pero, en la mitad del pasillo, se abrió una puerta lateral y apareció el cocinero con un enorme garrote y el cuchillo.
Un ser verdaderamente feo y maloliente. El encargado de guardar la fórmula secreta de los Danuttts. Y yo había estado fisgando. Tenía los ojos inyectados de savia amarilla y los dedos de las manos enlazados con una telilla para remover mejor el asqueroso contenido que hervía en la marmita. No se quemaba porque pertenecía a la sexta generación de cocineros y estaba adaptado.
Soltó el garrote y me cogió del cuello sin apretar demasiado. Después me levantó del suelo lentamente con la espalda pegada a la pared quedando suspendido de la mandíbula. Le olía la boca a una mezcla de ajo, nicotina y eucalipto; se ve que fumaba el tío y, tras la ultima cruzada televisiva, le daba vergüenza y quería ocultar el vicio. Y se bababa encima echando una especie de naranjada que a veces salía medio azulada mientras me tenía el cuchillo puesto en el cuello a un milímetro. En fin, que me estaba poniendo hecho una mierda.
-¿Qué has visto?
-Cabezas de rinoceronte, cuellos de jirafa en rodajas, miel de la Granja...
-¿Y qué más?
-Truchas voladoras, uñas de dedos humanos, ciempiés...
-Continúa.
-Ramilletes de rosas, canela, plumas de sauce...
-Sigue.
-Ratones y miles de avellanas peladas y arañas.
-Entonces conoces la fórmula secreta de los Danuttts.
-Si señor, me la sé. Pero también sé donde está el bosque de miles y miles de esbeltas piernas de mujer. Si me dejas escapar te lo diré.

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