jueves, 1 de febrero de 2007

27 de enero de 2007

Mis mayores dudas surgen en torno al estado de la nieve. Según en qué condiciones se encuentre, la travesía podría ser un total fracaso. Me estoy refiriendo al hipotético caso de verme frenado ante una capa de nieve polvo de 20 o más centímetros cubierta con una corteza delgada de nieve helada; frenado y aprisionado por los bordes de mis propios surcos y mi desdichado destino; doblemente derrotado al encontrarme solo. Para evitar esta situación, he elegido marzo, uno de los meses con menores precipitaciones en la banquisa del Golfo de Botnia, la gran matriz europea donde, debido al cambio climático, se gesta una cría cada vez más débil, enfermiza, frágil, delgada y quebradiza.. Una cría engendrada por el frío cada vez más tarde y condenada a muerte cada vez más pronto; un ser que nace, vive y muere, en su propio seno materno, a diferencia del hielo abortado impetuosamente hacia el mar por los caudalosos ríos. Pero marzo puede salir también “rana” por diversas razones. Podrían darse mínimas nocturnas de –30 º C con lo cual sería prácticamente imposible, al no llevar tienda, salir del saco de dormir a las 5 de la madrugada para preparar el desayuno, colocar todo en la bicicleta y ponerme en marcha. O al revés, en marzo también podría ponerse a llover como ya lo hizo en Vaasa en 2004, adelantándose con ello el deshielo.


28 de enero de 2007

Mañana compraré en Lugo una bicicleta nueva, la que llevaré a Finlandia. Debo rodarla un poco para que ceda la cadena y los cables –cambio y frenos- y se pueda ajustar todo definitivamente. Es una BTT de mujer muy sencilla con suspensión mecánica delantera y sillín de gel y muelles que hará las veces de la suspensión en la zona de tracción (esperemos no me “traicione”, pues no llevaré cubierta de repuesto). La rueda trasera irá equipada con una Nokian finlandesa de clavos y la delantera con un esquí de “quita y pon”. Cuando digo “de mujer” me refiero a una bicicleta cuya barra superior del cuadro está situada en una posición más baja para facilitar las constantes paradas que tendré que realizar debido a las irregularidades del terreno o a los peligrosos agujeros negros provocados por el deshielo.

Mañana también me toca dentista. Todo aventurero sabe que con las “cosas que sirven para poder comer” no se juega, porque una cosa es la aventura y otra muy distinta soportar un dolor atroz de muelas mientras se intenta conciliar el sueño, sin tienda de campaña, a –20 º C y habiendo experimentado previamente en una casa de madera los benefactores efectos del fuego de chimenea. Por cierto, una vivienda unifamiliar puede calentarse con las podas y los restos vegetales de un bosque muy pequeño, sin necesidad de cortar árboles por el pie ni quemar combustibles fósiles.

Mañana, ahora que recuerdo, también tengo entrevista con José Ramón Meilán Devesa, mi fisioterapeuta, mi cómplice de aventuras y mi mejor amigo, una persona bien situada social y económicamente que, en cambio, no sentía náusea ni reparo alguno comiendo en un “restaurante” tanzano, lo cual indicaba su buen apetito, pero también su gran sencillez y su respeto hacia aquella cultura. Yo, en cambio, estuve a punto de echarle los jugos biliares sobre el contenido de su plato. En fin, él ha sido el artífice principal de que yo llegase la cumbre del Kilimanjaro con –12 ºC ataviado únicamente con un gorrito, unas zapatillas y un pantalón corto.

Mañana explicaré qué sentí cuando estaba a punto de alcanzar la cima en esas condiciones, pero no comentaré nada de lo acaecido en el dentista.


29 de enero de 2007

Antes de explicar qué sentía a pocos metros de la cumbre del coloso africano debo referirme a un error gravísimo cometido aproximadamente a las 6 de la mañana, cuando aún no había salido el sol y debíamos estar a unos –12 º C en Kibo Hut, refugio del que partí prácticamente desnudo hacia la cumbre, animado únicamente por la presencia del fisioterapeuta José Ramón Meilán, mi compañero.

Mis tiempos de ascensión en las etapas previas estaban siendo muy buenos, algo por otra parte necesario si consideramos que la única manera de no entrar en hipotermia consistía en ascender rápido. Sin embargo, no fui capaz de realizar un cálculo acertado del tiempo que me llevaría alcanzar la cima desde el refugio, quizás porque soy muy pesimista, tengo miedo, no conozco aún mis capacidades, o las infravaloro, que es mucho peor.

Contando que un montañero de tipo medio parte a las 12 de la madrugada del refugio, pensé que a mí me sería suficiente con salir cinco o seis horas más tarde, previsión que resultó ser desacertada tras alcanzar la cumbre en tan solo dos horas y media aproximadamente. Vamos, que si hubiera partido a las 10 horas, de día y con los benefactores rayos del sol, habría evitado la sensación térmica más brutal experimentada en toda mi vida, momentos antes de la salida de la cálida esfera. Hay que tener en cuenta que las sensaciones térmicas experimentadas por el ser humano se miden con vestimenta.

A lo que íbamos. Una vez alcanzado Gillman´s Point, donde mucha gente se rinde y tira la toalla acosada por el cansancio y el mal agudo de montaña, me di cuenta, al ver la cima colgada en el borde interior del cráter, que ya nada ni nadie me pararía. El frío en la umbría era cada vez mayor y el viento comenzó a levantarse una vez que alcancé de nuevo la cresta. Y fue en ese justo momento, a unos 500 metros lineales de la cima, cuando se produjo el milagro.

Aumenté de forma espectacular la marcha y fui adelantando uno a uno a un buen número de montañeros que habían salido del refugio seis horas antes que yo, equipados todos ellos con botas dobles de plástico –yo con unas simples “Chirucas” -, con las tres capas reglamentarias de ropa y con grandes manoplas. Y al adelantarlos lloraba de felicidad porque me daba cuenta que era muy fuerte, ya que me sobraba incluso el gorrito y el pantalón corto, la única ropa que llevaba puesta. Pero no lloraba de felicidad por ser físicamente superior a ellos, no. Lloraba porque aquel día fui el elegido –no sé por quién- para descubrir la belleza, y la belleza es muy bella, pero a la vez muy triste, porque te recuerda constantemente que llegará la vejez, el olvido y la muerte.


30 de enero de 2007

Cabreo monumental.
La tercera bicicleta que intento adaptar para la travesía polar, resulta que no acepta el portabultos trasero que tanto tiempo me ha robado estos últimos días y que, por cierto, también es el tercero que diseño. El primer maletero construido pesaba demasiado; el segundo, ya de aluminio, era ligero, pero no me ofrecía demasiadas garantías teniendo en cuenta que la bici va a andar a saltos constantemente sobre las grietas y las crestas del hielo. El tercero y definitivo tiene una buena relación peso-resistencia, pero... ¡mierda! es corto el muy... y no llega a la base del sillín. Al final lo he solucionado aumentando ligeramente la altura del centro de gravedad de la carga con respecto al suelo.

Más problemas

Ismael, de Fisioterapia Lugo, me ha dicho ayer que tengo una rodilla medio floja, por eso algunas veces se sale de su sitio al adoptar una mala postura en el suelo. Dice que no es grave, pero que, de vez en cuando, en la travesía, mire hacia atrás por si la pierdo en el camino. No es coña. En el caso de que eso ocurra, me recomienda que actúe con rapidez y diligencia para que no tenga que litigar con las alimañas que, supone habrá por esas latitudes. Poco después entra José Ramón en escena repitiendo lo de siempre, que “va sobrado” y que si pedaleé con una sola pierna en la “Roncesvalles” los últimos cien kilómetros también podré hacerlo en Finlandia. Lo que no va entre comillas me lo he inventado. Lo digo, JR, por si tienes varios minutos libres y te da por leer esta carallada.

Y sigue lloviendo sobre mojado.

Cuando llegué a la carnicería, allí estaban esperando los dos. Él con el aspirador y ella con el taladro y una especie de destornillador. “Tendrás que seguir tomando antibióticos hasta que baje la inflamación del nervio”.


31 de enero de 2007

Pocas veces en mi vida me había quedado dormido de una forma tan placentera. Había acordado con mi esposa que la llamaría todos los días a eso de las 20 horas pero, tras una jornada extenuante tirando de la pulka sobre el hielo del lago Inari, me quedaba inconsciente a los escasos minutos de meterme en el saco y entrar en calor. Era como estar en el cielo. Algunas veces despertaba y recordaba que debía hacer la llamada. Otras noches no.

En medio de la gran soledad, encajonado en un hueco en la nieve formado en la isla Ukonkivi, tuve un sueño.
Convertido en una foca, hacía rato ya que había agotado mis reservas de oxígeno almacenado en la hemoglobina y sabía que, tarde o temprano, debería salir a respirar. Pero el gran oso blanco, una hembra con dos cachorros, estaba arriba esperando, plenamente convencida de que no había otro respiradero en un kilómetro a la redonda. Busqué desesperadamente otro punto de luz pero no lo encontré y, a medida que pasaba el tiempo, la sensación de ahogo y opresión fueron en aumento. Luché desesperadamente hasta que por fin me rendí y me acerqué al pequeño respiradero por donde entraban los tenues rayos de luz. Fue entonces cuando noté un fuerte golpe en la frente producido, afortunadamente, solo por el hocico del hambriento mamífero. Después noté mucho frío en la cara y caí en la cuenta de que nosotros, los mamíferos marinos, aunque tenemos menos grasa en la cabeza que en el resto del cuerpo, nunca sentimos frío; y de eso deduje que yo no era foca, sino humano.

Desperté sofocado. Sobre la funda vivac, a la altura del pecho, una pesada masa de nieve no me dejaba ya casi respirar. Pero lo que más me molestaba era la pequeña herida que me había producido en la frente un pedazo romo de hielo que se había desprendido de la parte alta de la oquedad.


1 de febrero de 2007

Uno de estos días me preguntaba Delmi cómo me iba a apañar para vivaquear en Finlandia en pleno invierno y qué material usaría. Pues lo haré de la misma manera que en los años 2003 y 2004: cuevas en la nieve, iglús, vivacs sobre el hielo al raso, porches de cabañas, nidos en la nieve de los bosques, etc. En la travesía que pretendo afrontar hay, sin embargo, una novedad. Como no se va a disponer de tiempo para buscar un lugar apropiado para dormir o construir una protección, se empleará un cubretechos ligero de una tienda que irá sellado a la esterilla térmica. No llevará varillas y se usará como si de una simple bolsa se tratara, pero con cremallera. Las noches con temperaturas moderadas se dormirá al raso con la funda vivac y en el caso de que se pongan muy feas las cosas, habrá que introducirse también en la bolsa de emergencia para evitar que la nieve acabe en el interior del saco.
Así las cosas, por la noche, en caso de apuro, me protegeré con las siguientes capas: camiseta térmica de expedición, forro polar, chaqueta y saco de plumas, funda y bolsa vivac. La bolsa, dado su gran volumen, también se usará para comer si fuera necesario, aunque no para derretir nieve, ya que sería muy peligroso. Los inconvenientes del uso de esta técnica son evidentes: aunque dispone de una rejilla de ventilación, habrá más condensación, ruido producido por el viento, pérdidas de calor por estar en contacto con la funda vivac o molestias sobre la cabeza mientras se come o se prepara el saco para dormir. De todas formas, es la única protección compatible con una expedición ligera que no debe pasar de 15 kilos; atrapa gran cantidad de aire caliente y se puede prescindir de las varillas, un peso considerable.
Durante la aventura, no se cocinará. La técnica consiste en una dieta sólida y fría acompañada siempre de bebidas calientes: infusiones, café con leche, o pastillas de caldo diluidas. Con ello se evitará el engorroso fregoteo y podré hidratarme y alimentarme de forma aceptable dentro de la bolsa. Los mejores momentos del día se aprovecharán para fundir nieve y tener siempre el termo lleno, ello permitirá después pedalear hasta más tarde o incluso circular de noche. De los alimentos concretos que se emplearán en la expedición se hablará más adelante, pero lo que se busca fundamentalmente es una dieta de bajo peso, en torno a 600-700 gramos diarios, que aporte un mínimo de 4000 calorías totales, en torno a 600 por cada 100 gramos.


2 de febrero de 2007

Sólo faltan 29 días. Tengo el tiempo justo para organizar todo y realizar un par de salidas de dos días cada una. Como mínimo deberé rodar más de cien kilómetros diarios, a plena carga, y en terreno quebrado para comprobar cómo anda la rodilla. En la Roncesvalles- Santiago, donde provoqué una lesión en el rotuliano izquierdo, logré casi los 800 Km en 48 horas si se descuenta el tiempo perdido en dos averías. Pero la lesión pudo ser más grave, ya que tengo la costumbre de lanzarme a las aventuras sin meditarlas y prepararlas mucho mucho.
En 1999, sin nunca andar en bicicleta desde la adolescencia -entre otras razones por que no la tenía-, se me ocurrió iniciar entrenamientos de 200 Km diarios acompañado por mi mujer, que aprovechaba para hacer turismo y degustar la gastronomía allí donde parábamos a mediodía. El caso es que soporté bien la prueba y me marché a los Pirineos con una furgoneta, la bicicleta y dos fisioterapeutas de JR Meilán para turnarse, Germán y la que hoy es su mujer. Pero, como siempre, cometí el grave error de no informarme lo suficiente. La distancia entre el sillín y el eje de los pedales no era la adecuada y, a 100 Km de Santiago de Compostela, tuve que rodar con una sola pierna y no podía ponerme de pie en las subidas.
El objetivo de la prueba era llegar en menos de 48 horas y conseguir tantas donaciones de sangre en Galicia como kilómetros se lograran realizar. Yo apoyaba al Centro de Transfusión de Galicia y el Centro me apoyaba a mí. Al evento se unieron otras asociaciones de donantes de toda España, principalmente la Hermandad de Donantes de León, entidad que me agasajó al entrar en Sahagún de una forma que nunca olvidaré.
El detalle que tuvieron aquél día fue muy bonito, pero después, al enfriar física y emocionalmente, casi no pude continuar la marcha. Las emociones fuertes no son buenas durante las pruebas físicas extremas, ya que derrochan gran cantidad de energía, muy necesaria para mover la musculatura y mantener la concentración. Pero mereció la pena ya que se trató del recibimiento que nunca tuve en mi tierra.
A pocos kilómetros de Sahagún, en la provincia de León, empezaron a aparecer motos de gran cilindrada por todas partes, lo que me hizo pensar que se trataba de una concentración. Pero aquel gran avispero motero no era una simple cita colectiva, sino la escolta particular que me acompañaría hasta el centro de la ciudad, donde me esperaba la gente y las autoridades para hacerme un homenaje muy especial, siendo ésta otra de las causas que me impidieron llegar en el tiempo preestablecido a Santiago.
Ninguna de las potentes motos asomó un milímetro por delante de mi rueda delantera, porque ese día, al igual que ocurrió en la cima del Kilimanjaro años después, yo había sido el elegido, no sé por quien, para llorar de emoción y alegría como un niño. Como podéis comprobar, en esta vida hay pequeñas cosas que nadie jamás podrá comprar con maletines repletos de dinero.


3 de febrero de 2007

“Cuenta atrás o tiempo de soñar” es el esbozo de lo que podría convertirse en mi primer libro, algo a lo que siempre le he tenido mucho respeto y que algunos, en cambio, se toman casi a pitorreo porque saben que lo que mejor vende es, primero, el accidente, el secuestro o el calabozo y después mezclar con todo ese morbo, algo de teta.
Casi siempre he diseñado dos aventuras al mismo tiempo. Quiero decir con ello que antes o durante una actividad siempre he tenido cosas en la recámara para seguir soñando.
En el 2008 barajo varias posibilidades, pero las que tienen más probabilidades de llevarse a la práctica son dos largos y rápidos viajes que cruzan Europa de punta a punta: La Moscú-Finisterre pasando por Santiago de Compostela o la Cabo Norte-Finisterre, pasando también por la plaza do Obradoiro. Dos proyectos brutales si tenemos en cuenta que se deben realizar en menos de un mes empleando los siguientes medios de transporte: a pie, patinete, triciclo, bicicleta y kayak, sistemas todos ellos que no dañan el medio ambiente y combaten el cambio climático y la obesidad de la gente.
Con un poco de entrenamiento y apoyo externo, se podría lograr una media diaria de unos 150 Km, o incluso más: 60-80 a pie, 100-130 en patinete, 180-200 en triciclo y bicicleta y 70-80 Km en kayak. Todas estas medias están superadas ampliamente en pruebas de corta duración y algunas de ellas lastradas con todo el equipo, el agua y la comida.
En la Moscú-Finisterre se usaría el kayak en los canales y ríos centroeuropeos; y en la Cabo Norte-Finisterre, en el canal que separa Suecia de Dinamarca. Ambos proyectos serían la excusa perfecta para realizar un documental de varios capítulos en el que se plasmaran las costumbres, la cultura, la geografía y la problemática del medio ambiente de cada uno de los países visitados, todo ello adobado con imágenes de la actividad deportiva y los peculiares medios de transporte empleados en la misma.
Moscú también podría sustituirse por San Petersburgo y así visitar países “exóticos” y poco conocidos como Rusia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia y Chequia, antes de dirigirme hacia el sur de Alemania, Suiza, Francia, España y Galicia.
El único inconveniente de las tres rutas es el tráfico rodado. Por esta misma razón, tras la “Marcha de las cuatro catedrales”, de la que se hablará más adelante, decidí dar 200 vueltas a la muralla de Lugo por su adarve (450 kilómetros a pie en poco más de cuatro días) despreocupándome así de los coches, las motos y los camiones.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Un gran proxecto que nos ensina mais sobre a grave situacion do noso planeta.
moita sorte jesus.

un amigo